La pobreza
Es duro convivir con la miseria. La India –cito a vuelapluma- tiene 400 millones de pobres, osease, para hacernos una idea, diez veces la población de España vive en la miseria. Porque aquí un pobre no es alguien a quien le cuesta llegar a fin de mes, sino alguien que vive en la calle o en una chabola y cuya vida consiste generalmente en encontrar una forma de subsistir hasta el día siguiente.
Citando otra vez explicación místico-teológica-sociológica extraída del libro de marras:
“La evolución espiritual es totalmente personal. Cada persona, al crear su propio karma, sufre o goza de las consecuencias de sus acciones. No se puede, por tanto, interferir en el destino de las otras personas. [...] Esto hace al hindú en parte indiferente hacia los padecimientos del prójimo. Si un hindú ve a alguien sufrir, considera que ese alguien se ha merecido tal sufrimiento con sus malas acciones anteriores. [...] Esta aceptación puede conducir a lo que en Occidente consideraríamos falta de compasión o de caridad, y también excesivo conformismo ante la vida. Tiene, sin embargo, sus puntos positivos. El hindú no es proclive a la envidia. Si una persona tiene más salud, más riqueza o mejor posición social que él, es porque se lo ha ganado con sus buenas acciones en vidas anteriores. Entre los hindúes, aunque se pueda decir otra cosa, casi no existe el odio de clases. Los pobres no culpan a los ricos por su pobreza.”
Sinceramente, no sé si de verdad los hindúes creerán en este tipo de historias (si te mueres de hambre es porque en tu anterior vida fuiste muy malo), pero desde luego es una magnífica excusa para ponerse una coraza de indiferencia y blindarse para evitar la conmoción ante lo que ves alrededor. O tal vez la costumbre de verlo ha dejado sitio a la indiferencia.
Porque una de las cosas más impresionantes de este país es la convivencia con la miseria que encuentras en todas partes. En el mismo Basant Lok, el centro comercial pijín con sus tiendas de productos importados, sus cines, sus restaurantes y su cibercafé, también ves gente miserable tirada en la calle, y cada poco notas un golpecito a la altura de la rodilla y al mirar abajo te encuentras la mirada de un niño descalzo, vestido sólo con una camiseta que podría pasar por la bayeta de fregar los baños y totalmente cubierto de roña o de llagas, pidiéndote que le des algo. Y saliendo de Basant Lok, si cruzas por delante del lujoso hotel Vasant Continental y sigues la calle un par de cientos de metros, te encuentras con un poblado de chabolas instalado alrededor de un río-cloaca, con cerdos escarbando en la porquería, perros sarnosos y familias enteras metidas en una chabola de tres metros cuadrados sin luz.
Me temo que al final nosotros acabaremos blindándonos también ante estas escenas, o utilizaremos una de las manidas excusas (“Es que si le das limosna a uno, te rodean quinientos”; “Con darle una rupia a alguien no solucionas nada”) para escaquear la conciencia. O tal vez nos convirtamos al hinduismo y nos convenzamos de que la gente que vive en la miseria está pagando los pecados de sus vidas anteriores. Mientras tanto, intentamos no olvidar los versos de Vázquez Montalbán:
Inútil escrutar tan alto cielo.
Inútil cosmonauta el que no sabe
el nombre de las cosas que le ignoran,
el color del dolor que no le mata.
Inútil cosmonauta
el que contempla estrellas
para no ver las ratas.

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